He de confesar que no sé muy bien cómo empezar, y es que esta obra me dejó sin palabras. Luis Luque, como director, y Paco Bezerra, como autor, han conseguido narrar una historia real y dura como la vida misma. Inspirada en hechos reales, ocurridos en Estados Unidos en 2014, cuenta la historia de los padres de Luismi, un niño de 10 años que sufre bullying en su escuela por llevar un mochila de Mi pequeño poni (My little pony). Una historia con la que se hace homenaje a Grayson Bruce y a Michael Morones, dos niños de 9 y 11 años, que sufrieron acoso escolar por ser fans de la serie de dibujos animados, así como a todos los niños y niñas que sufren todo tipo de insultos y agresiones en el colegio.

El reparto se compone de tan solo dos actores, María Adánez y Roberto Enríquez, que interpretan a Irene y Jaime, los padres del niño acosado. Durante el desarrollo de la obra, se ve la evolución de un matrimonio que se adora, a dos padres que opinan diferente sobre la situación de su hijo, a través de besos, broncas y monólogos que te hielan la sangre. La magistral interpretación de los actores se acompaña por una escenografía sencilla creada por Mónica Boromello, que nos sitúa en el comedor de la casa de la familia, y de una proyección de vídeos algo abstracta, muy cuidada y, sinceramente, acertada, diseñada por Álvaro Luna.

Si El pequeño poni tuviese que describirse con una sola palabra sería REFLEXIÓN. Es una obra que te engancha desde el minuto cero, te hace sentir, enfadarte, incluso llorar… Y cuando termina, no eres consciente de lo que acabas de ver. De todo lo que la obra implica. Os juro que estuve un minuto de reloj sin hablar cuando el telón bajó… me levanté de la butaca, me puse la chaqueta y salí del teatro pensando, reflexionando. ¿Cómo puede llegar a ser tan cruel el ser humano? ¿Qué necesidad hay de acosar, insultar o incluso pegar a un pobre niño por el mero hecho de ser diferente? ¿A caso es malo ser diferente, no seguir modas, ser tú mismo sin que te importe la opinión de los demás?

Lo peor de todo esto es que es la cruda realidad. Cada vez salen a la luz más casos de acoso escolar, lamentablemente sobre todo cuando ya es demasiado tarde y el acosado ha decidido que no valía la pena vivir así… ¿Hasta dónde vamos a llegar? Y es que el problema de todo esto es la educación. Ningún niño es malo por naturaleza. Nadie lo es. Los niños tan solo imitan lo que ven o “juegan” a algo que les divierte sin tener a nadie que les diga que eso no se hace, porque recuerden señores, la libertad de uno mismo termina cuando sometes a otra persona. Pero un tema así nunca es fácil de tratar. El niño dice una cosa, sus acosadores otra, el colegio, la mayoría de veces, mira hacia otro lado, y los padres no saben cómo actuar.

Deberíamos reflexionar si estamos educando bien a nuestros hijos, hermanos, primos, vecinos… Esos niños que atacan a otro por ser más débil, por llevar ropa de chica, por ser una marimacho, por llevar aparato, por su orientación sexual, por ser bajito, por ser gordo/a, por ser friki, por no seguir modas, por llevar una mochila de My little pony… por ser diferente. ¿Deberíamos consentírselo? La respuesta es bien clara: NO. Deberíamos enseñarles desde pequeños a tolerar y respetar a los demás. No todos somos iguales, no todos seguimos modas. Cada uno es como es, y es más valiente aquel que defiende su propio estilo que aquel que intenta imponer el suyo.

El problema es que incluso nosotros mismos nos cuesta actuar así. Vivimos bajo el yugo de la sociedad, y aunque estemos en pleno siglo XXI y, por fortuna, muchos hayamos superado muchas barreras de este tipo, aún hay gente que se deja llevar por los prejuicios que impone esta sociedad, por el miedo a ser diferente. Y esto la obra lo recoge. Lejos de quedarse en la narración de un caso más de acoso escolar donde el colegio quiere lavarse las manos, nos muestra la cruda realidad de los padres. Unos padres que llegan a dudar incluso de su propio hijo, porque ven que él diferente, que no es como el resto.

Y así podría escribir y escribir, y llegaría siempre a la misma conclusión. El acoso escolar lo hemos permitido todos. Pero aún no es tarde para enmendar el error de esta sociedad que ha hecho siempre oídos sordos a este problema. Entre todos se puede arreglar. Si hay un menor indicio de bullying, denuncia. Evitemos que haya más casos como los de Grayson Bruce y Michael Morones, como el de Luismi, como el de miles de niños de todo el mundo que para ellos ir a la escuela supone un infierno.

Ya solo me queda una cosa que decir, y es que vayáis a verla. Sinceramente el trasfondo que tiene esta obra hacia mucho que no lo veía. Estará hasta el 11 de Diciembre en el Teatro Talia de Valencia. No perdáis la oportunidad de ir a verla para poder juzgar por vosotros mismos.

L.J.

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