Hace una semana estuvimos en el Teatre Poliorama de Barcelona presenciando una de las apuestas más arriesgadas que encontramos en toda la cartelera teatral nacional. Dagoll Dagom, fiel a su esencia, nos trae un musical que pretende reflejar la dureza de la realidad de los refugiados a través de Shakespeare y a ritmo de Lluís Llach.

Vale, si a vosotros también os ha explotado la cabeza leyendo “refugiados”, “Shakespeare” y “Lluís Llach” en la misma frase, no os preocupéis. No estáis solos. Reconocemos que nosotras mismas llegamos al teatro con ciertos reparos. Es lo que tienen los musicales originales, lo mejor es ir al teatro con la mente abierta, dispuesto a que te sorprendan. Y eso, exactamente es justo lo que pasó.

La historia comienza con un grupo de refugiados en un campo de acogida y una niña que llora desconsolada. Para calmar a esta niña (Elena Tarrats) aparece Diana (Mercè Martinez), un personaje fantástico, que empieza a contarles la historia de Pericles (Roger Casamajor) con sus aventuras y desventuras cruzando el mismo mar que ellos.

He de admitir que “Pericles, Príncipe de Tiro” no es de las obras de Shakespeare que mejor conocía, siendo una de sus obras menos populares y habiéndose llegado a dudar de su autoría ya que no aparece en su First Folio (su recopilación de obras). La obra narra los periplos de Pericles, que siendo el príncipe debe huir de su país para evitar la muerte. Lo acogen en Pentapolis, donde se enamora de la hija del rey. Pero como en cualquier buena obra de Shakespeare, los amantes no lo tendrán nada fácil y a Pericles aún le quedarán duras pruebas que superar, entre ellas la pérdida de su mujer y su hija, Marina. Ésta última también tendrá su propia dosis de sufrimiento y es con ella con quien se identifica la niña que inicia el musical.

Mezclando el texto recitado de Shakespeare con las canciones de Lluís Llach, e imágenes auténticas de los actuales refugiados que atraviesan el Mediterráneo nos pretenden demostrar cómo no han cambiado tanto las penurias que tienen que sufrir los refugiados.

Entre los puntos fuertes del musical no podemos dejar de destacar las interpretaciones de todos los actores y, en especial, la voz de Elena Tarrats. Los arreglos musicales de las canciones de Lluís Llach, cantadas a cappella, son absolutamente mágicos. Por último, las coreografías de la mano de Ariadna Peya dotan de fuerza al mensaje que nos quieren transmitir. De los puntos flojos, a titulo personal, nunca me han gustado las proyecciones, me parece que en lugar de reforzar el mensaje distraen de la escena. Por otro lado, creo que deberían confiar más en la inteligencia de los espectadores a la hora de señalar los paralelismos entre la historia de Pericles y los obstáculos que deben superar los actuales migrantes, sin tener que recurrir a los recursos de las imágenes o parar la historia para volver al campo de refugiado, frenando un poco la dinámica del musical.

Personalmente, creo que un error que se comete muy frecuentemente en estos tiempos es el de hacerle todo el trabajo al espectador, dibujándole punto por punto la conclusión a la que debe llegar, como el padre que para que su hijo tenga bien los deberes se los dicta prácticamente. No es solo problema de este musical, sino algo común a muchas producciones. En una sociedad tan sobre protectora, deberían confiar en la inteligencia del espectador, que le hará llegar por si solo a las conclusiones deseadas y, sino, al menos, habrán conseguido que extraiga las suyas propias.

Con todo esto, Maremar es un musical que, además de una música y unas voces maravillosas, invita a la reflexión. ¿Cómo puede ser que la sociedad haya avanzado tan poco para que una historia escrita por El Bardo siga estando de actualidad? ¿Llegará el día en que todos podamos mirar ese Mare Nostrum sin miedo, como la maravilla que es, independientemente de la tierra en la que hayamos nacido?

Todas estas preguntas y más en el Teatre Poliorama hasta enero.

M.

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