Muchas veces hemos comentado lo diferentes que pueden ser las adaptaciones de los musicales a los diferentes idiomas. Cuánto queda perdido en la traducción, ese arte en sí mismo de cuadrar sílabas y ritmos sin perder la esencia original.
A casi todos, cuando somos tan fans de un musical que tenemos rayado el disco del reparto original de Broadway, a veces nos cuesta acostumbrarnos a las letras en nuestro idioma por bien adaptado que esté (que muchos realmente lo están). Siempre se te hace extraño, no importa las veces que lo escuches.
No obstante, que se dé este caso en las obras de teatro es más raro. Quizás porque estemos más acostumbrados a las adaptaciones, frecuentemente dentro de un mismo idioma. De hecho, son más que habituales las reinterpretaciones de textos clásicos, en un afán de renovar su éxito original o de acercarlos a nuevos públicos.
He de admitir que, mientras que sí he leído alguno de los grandes clásicos de la literatura española (gracias a un fantástico profesor de lengua), no he llegado a ver ninguno interpretado tal y como se escribieron. Lo mismo me había pasado con Chéjov o Shakespeare… hasta el otro día.

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