Hay películas que son clásicos instantáneos. De esas que perduran en el tiempo y sobre las que cuando pasan los años puedes decir con orgullo “yo la vi cuando se estrenó en el cine”. El problema es que, a diferencia de lo que sucedía con el cine clásico, en las últimas décadas muy pocas son musicales. Desde 2001-2002 (años en que se estrenaron Moulin Rouge y Chicago, respectivamente) no ha habido ningún musical con tanto peso, por mucho que nos pese a los theatre nerds y adoremos algunas joyitas que nos han regalado por el camino (Sweeney Todd, Los Miserables, Once, The Last Five Years, Into The Woods…).

Por suerte, La La Land ya está aquí, es de ESAS películas y ha venido para quedarse. Chico conoce a chica, los dos pretenden vivir del arte (él músico, ella actriz), se enamoran e intentan compaginar su relación con su carrera y el éxito que pueda derivar de ella. ¿Qué la diferencia de otras historias parecidas? Su perfección técnica y, sobre todo, la magia que desprende.

Todo encaja en la película. Desde sus dos protagonistas (la química entre Emma Stone y Ryan Gosling traspasa la pantalla) a la cinematografía exquisita que recuerda a los grandes musicales clásicos pese a su actualidad. Emma y Ryan (Mia y Sebastian) lo hacen todo: cantan, bailan -él incluso toca el piano-, interpretan y son guapos a rabiar pero es cuando se miran cuando la conexión entre ellos alcanza su máximo exponente. Los dos se merecen el Óscar (¡cruzamos los dedos!) porque la interpretación de cada uno de ellos tiene sentido gracias al otro y es resultado de un trabajo en pareja excelente.

Su director, Damien Chazelle, que ya sorprendió con Whiplash, es un niño prodigio de Hollywood, que creció viendo musicales y obsesionado por el Jazz, y ha plasmado en esta película todos sus sueños cinematográficos. Grabada en Cinemascope, con algunas secuencias en Technicolor, números musicales con vistosas coreografías grabados en plano secuencia, algunas canciones cantadas en directo, planos de Los Ángeles (sí, esa ciudad que todo el mundo dice que no es muy bonita…) que parecen auténticas postales, escenas románticas inolvidables, mucho jazz y una banda sonora que entra por los oídos, llega al alma y se impregna en tu memoria para siempre.

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Emocionalmente, el musical es una montaña rusa que proporciona sonrisas y lágrimas a partes iguales. Que no os engañen con lo de “comedia romántica”… Es cierto que la película trata del amor, pero también de los sueños, de la pasión por lo que haces (una de las mejores frases de la película dice así: “people love what other people are passionate about” -la gente ama aquello que despierta pasión en los otros-), del sacrificio y de esa pregunta que nos hacemos todos constantemente “¿What if?”, ¿Y si mi vida hubiese tomado otro rumbo?

De la banda sonora, firmada por Justin Hurwitz (música) y Pasek & Paul (letra), podríamos hablar horas, analizando canción a canción, melodía a melodía, porque lo primero que hicimos al salir del cine fue hacernos con ella y a día de hoy ya nos la sabemos de memoria. “Another Day of Sun” y “Someone in the Crowd” nos dan un chute de energía si lo necesitamos; vamos por la calle cantando “City of Stars” y “The Fools Who Dream”; si alguna vez nos casamos, queremos que en nuestra boda suene “Mia and Sebastian’s Theme” en modo vals; escuchamos el “Epilogue” cuando queremos revivir la épica escena final de la película… Para todas las personas ahí fuera que estén tan obsesionadas como nosotras ¡no estáis solos!

Somos muy fans de este musical clásico-moderno, de ésta ciudad de las estrellas dónde se celebran los sueños, y creemos que incluso mejorará con los años. Mientras esperamos para volverlo a ver, nos compraremos vestidos parecidos a los de Mia, lucharemos cuando haga falta contra sus pocos detractores (siempre los hay) y nos alegraremos con los muchos triunfos que le quedan por conseguir.

Paola Marín

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